Hello, Doctor Lecter. Con una de las múltiples referencias a ‘El silencio de los corderos’ ha terminado la primera temporada de ‘Hannibal’, una de las pocas sorpresas agradables del año y una serie que aún no soy capaz de asumir que se haya emitido en NBC, una de las cadenas en abierto donde este tipo de productos tan particulares, siniestros y perturbadores no tienen cabida ni en la franja de las 22h.
Brian Fuller ha llevado su obsesión con la muerte a un terreno diametralmente opuesto de las satíricas pero amables ‘Criando Malvas’ o ‘Tan muertos como yo’. Con su realización, su atmósfera y su manera de enfrentarse a este original thriller policíaco se ha desmarcado del género del procedimental televisivo, dando como resultado una serie relevante, atrevida y que no deja indiferente a nadie, sea positiva o negativamente.
El punto de vista
El gran acierto que ha tenido ‘Hannibal’ de cara a plantear el relato es el punto de vista. La serie arranca con el espectador caminando hacia atrás junto a Will Graham, un criminólogo con tanto nivel empático que se coloca en la piel de los asesinos en serie a los que quiere analizar. Ya desde este momento tan temprano de la temporada se establece ese estilo narrativo con el espectador, que comprende inmediatamente el modus operandi de Will cuando se enfrenta a una escena del crimen, lo que permite que esta relación del protagonista con la audiencia vaya evolucionando en su implicación. Para el espectador no es lo mismo ver a un puñado de policías recoger pruebas y hablar de lo horrible que es un asesinato que vivirlas en primera persona y ser testigos de imágenes tan enfermas como la de Will colocando extremidades para conformar un tótem humano.Sigue leyendo sobre la fabulosa primera temporada de 'Hannibal' en ¡Vaya Tele!





